viernes, 17 de agosto de 2012

¿Quién no sueña con tener una marca olímpica?


Calma, esta nota no trata sobre deportes. Después de 15 días de seguir la transmisión en vivo de los Juegos Olímpicos de Londres, todos quedamos un poco saturados.
Lo que queremos rescatar aquí es un aspecto de este evento que tiene que ver con la comunicación, que es nuestro tema. Y más precisamente, con el diseño corporativo.
Quiero referirme hoy al símbolo que identifica a los Juegos Olímpicos, los archiconocidos 5 anillos entrelazados. ¿Por qué? Pues porque a mi modesto entender, para decirlo en términos de “marca”, ese símbolo tiene un valor que muchas empresas quisieran tener en sus activos.
Más allá del gran negocio en que se han transformado unos juegos cada vez más profesionalizados, estos 5 anillos siguen representando, en el imaginario colectivo, los valores del deporte, la sana competencia y la unión entre los pueblos que quisieron conferirle a las Olimpíadas los antiguos griegos.
Proyectando esto al plano de la identidad corporativa, intentaremos demostrar que este símbolo posee todos los atributos de diseño, normalización, eficacia comunicacional y perdurabilidad a los que aspira cualquier empresa u organización para definir su propia identidad.

Cuando lo importante era sólo competir

La historia se remonta a 1913, cuando el barón Pierre de Coubertin anunció en la Revue Olympique el símbolo que sería usado para el Congreso Olímpico de París de 1914, en el que se celebraría el vigésimo aniversario de la restauración de los juegos: cinco aros entrelazados de colores azul, negro, rojo, amarillo y verde sobre fondo blanco, que desde entonces identifican universalmente a los Juegos Olímpicos.
El emblema fue adoptado oficialmente en el citado congreso y estrenado en los juegos de Amberes de 1920. Hay varias teorías sobre su significado, pero contrariamente a lo que se cree, el color de cada anillo no corresponde a cada uno de los continentes, sino que esos cinco colores se eligieron porque están presentes en las banderas de todas las naciones del mundo.
El historiador Robert Barney asegura que la idea del barón de Coubertin proviene de la figura de dos anillos entrelazados, que era el emblema de la Unión Francesa de Sociedades de Deportes Atléticos, pero también de las ideas del psicoanalista suizo Carl Gustav Jung, para quien el círculo representaba a la continuidad y al ser humano.
Con más de 80 años a cuestas y sin modificaciones sustanciales en su diseño original, los anillos olímpicos han llegado a constituirse en lo que hoy llamaríamos una auténtica “marca global”, cuyos valores y significados son inmediatamente comprendidos por todo el mundo. Incluso su empleo está estrictamente regulado por el Comité Olímpico Internacional, mediante un tratado suscripto en 1981, que podría homologarse al Manual de Uso de la identidad corporativa de cualquier empresa comercial.
Si continuamos con las analogías, vemos que los Juegos también tienen su slogan: “Citius, Altius, Fortius”, que significa “más rápido, más alto y más fuerte”; una invitación a la superación, en sintonía con el espíritu olímpico, que curiosamente no fue creado por un griego, sino por el dominico francés Pierre Didon.

Del estadio al mercado

Ahora bien, ¿por qué decimos que el símbolo olímpico puede ser tomado como paradigma por todas aquellas empresas u organizaciones que desean diseñar o aggiornar su identidad visual?
Simple: porque cumple con las principales pautas a las que responden las marcas más exitosas, a saber:

Valor simbólico:
El sistema de signos elegido refleja los valores de la marca, pues posee denotaciones y connotaciones positivas y fácilmente decodificables por el receptor.
Recordemos que se llama denotación al significado objetivo, el que todos pueden entender; y connotación al significado subjetivo, es decir, el que le da cada persona a una cosa. Para entenderlo mejor, tomemos por ejemplo la palabra amanecer. Objetivamente, es el momento del día que corresponde a la salida del sol; pero la misma palabra connota otras significaciones subjetivas, como esperanza, comienzo de una nueva etapa, etc.

Pregnancia:
Es la medida de la fuerza con que una forma logra captar la atención del que la mira. Cuanto más simples son las formas, mayor es el nivel de impacto.

Cromatismo:
Está comprobado que los colores provocan efectos en los individuos, que van desde reacciones psicológicas hasta físicas. Todos sabemos que hay colores que atraen y otros que rechazan, colores que transmiten pasión o serenidad, tristeza o alegría. Sin adentrarnos en los vericuetos de la Psicología del Color, podemos decir que la marca analizada, al utilizar una gama cromática basada en colores primarios y puros, resulta adecuada a los fines que persigue.

Memorabilidad:
Es la recordación que se logra por la difusión de una marca a través de la publicidad o cualquier otra forma de comunicación. Esta suerte de notoriedad sería el único factor que no depende exclusivamente del diseño, aunque la cualidad asociativa de una marca es un poderoso instrumento mnemotécnico. La originalidad temática y formal, el valor simbólico y el impacto visual y emocional contribuyen a una constante reimpregnación de la marca en la memoria colectiva.

Sustentabilidad o permanencia:
Este es un punto clave. Porque si bien muchas empresas actualizan periódicamente el diseño de sus marcas, lo ideal es partir de un diseño lo más atemporal posible, que no esté condicionado por las modas y no se torne rápidamente obsoleto. Tengamos en cuenta que imponer un diseño de marca lleva muchos años… y mucho dinero.

A sus marcas…

Es muy probable que el barón de Coubertin no tuviera demasiado conocimiento de todo esto al pergeñar su diseño. Cabe más bien pensar que fue un extraordinario intuitivo; un amateur, para decirlo en consonancia con el espíritu olímpico que profesaba. Pero en nuestros días, cuando una empresa -por grande o pequeña que sea- está obligada a desenvolverse en mercados cada vez más competitivos y globalizados, está claro que la generación de una marca no es una cuestión de amateurs ni puede dejarse librada a la intuición. Existen profesionales del diseño gráfico que, trabajando en estudios o agencias de publicidad, poseen el bagaje de conocimientos que se necesita para hacer eficaz a una marca.
En los mercados, lo importante no es sólo competir, sino ganar. Un desarrollo de marca exitoso se logra combinando el talento de especialistas con una clara visión a largo plazo y una estrategia que defina los valores que esa marca pretende expresar.
Actualmente, la importancia estratégica de las marcas es tal, que ya son consideradas como un activo más entre los bienes de cualquier empresa. Tanto, que hasta se publica anualmente un ranking que refleja el valor de las principales marcas globales: el Brandz Top 100.
Todo eso ha llevado a la aparición de una nueva especialización, que se define como el proceso de creación y gestión de marcas: el branding. Pero eso ya es tema para otra nota.

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